Escribir: esa hazaña cotidiana

A buen entendedor, pocas palabras. Al menos, eso indica el refrán. En efecto, comunicar ideas no es una tarea sencilla. Porque cuando menos es más, vislumbramos la necesidad de encontrar las palabras justas. Ciertamente, el arte de hacerse entender lejos está de la grandilocuencia y de los golpes de efecto. Expresar un pensamiento implica alzar la voz, animarse, cruzar una zona de confort. Es un evento que nos libera pero a la vez nos despoja. Es trascender, sin disfraces ni medias tintas. Es saltar al vacío para caer sobre una hoja en blanco. Es entrar a una cárcel de renglones desolados. Es una excusa para escapar de los lugares comunes. Es huir sin mirar atrás. Es sortear escollos como la adjetivación excesiva, el abuso de conectores o la sinonimia.

Aunque la empresa no se limita a hojear las páginas de un diccionario. Las letras reclaman sembrar contenidos que germinen fecundos en la tierra de los lectores. Es la musa inspiradora quien, además de humildad, nos pide entrega, empatía y coraje. Escribir representa casi un milagro. Y si bien no existe una receta perfecta, debemos aprender a tamizar algunos ingredientes: gramática, ortografía, puntuación, tono, formato, vocabulario y estilo. Sin duda, esa lectura llevadera nos recuerda a los pasteles recién horneados. Correo electrónico, documentos en línea o incluso, sistemas de mensajería instantánea. Correcto los hará aún más deliciosos.

Carlos Balmaceda

Editor de contenidos | Analista de Sistemas (Univ. Arg. J.F.K.)

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