Inteligencia emocional y resiliencia: educando al corazón.

¿Tan sólo números?

Se acerca el examen.

Una mezcla de ansiedad y temor invade a Sofía. Sobre el pupitre, los ejercicios de matemática lucen amenazantes.

Son demasiados y el tiempo se escurre.

Al día siguiente, esa sensación de angustia vuelve a acelerar su respiración. Y no es para menos. La señorita está a punto de entregar las notas finales.

Apenas pasaron unos minutos y Sofía sonríe. Un ocho cincuenta en finos trazos verdes, ilumina su rostro de alegría.

Aunque Clara está triste.

Mantiene la mirada fija sobre las baldosas. Evidentemente, el cuatro no alcanzó.

Lamentablemente, tendrá que reintentarlo en Marzo.

Todo en su justa medida.

Como pinceladas sobre un lienzo, las emociones van modelando nuestras vidas.

Cuando abundan y en particular, cuando persisten, algunas emociones pueden incidir a nivel familiar e incluso proyectarse hacia el plano laboral.

Tal vez, la consecuencia más inmediata se refleja en el deterioro de las relaciones interpersonales. A largo plazo, la somatización hará el resto.

Entonces nos preguntamos:        ¿podemos regular las emociones?

La respuesta es un rotundo “sí ”.

Pero antes, debemos encontrar el camino que nos permita identificarlas, para luego, cuantificarlas.

Ciertamente, la idea no suena descabellada.

Susanna Isern analizó esta lógica de “causa – efecto ” y decidió tomar cartas en el asunto.

Soluciones ingeniosas.

Si de salud se trata, tenemos una diversidad de instrumentos.

Con el termómetro medimos la temperatura…

Con el tensiómetro, registramos la presión arterial…

Con el podómetro, logramos enumerar nuestros pasos…

Hoy les presento un hallazgo revolucionario: el “emocionómetro”.

¡Eureka! Ahora podemos medir las emociones.

Susanna no podría haber sido más ocurrente. Psicóloga y escritora, logró amalgamar ambas pasiones en “El emocionómetro del Inspector Drilo ”.

El libro de cuentos infantiles transcurre en la aldea de Forestville. Allí, nuestro simpático detective deberá resolver complejos casos.

Diez personajes representan a las emociones, bajo la adorable apariencia de los “Emis ”.

Tenemos al amor, encarnado por “Mimo ”, también al miedo, personificado por “Asustín ” y no podía faltar la alegría, endulzada por “Yupi ”.

 

Entre aventuras disparatadas, Drilo nos ayudará a comprender qué sentimos y hasta nos brindará la receta para alejarnos de la ira, los celos o la envidia.

Una propuesta abierta.

Si bien no es gratuito, el libro nos provee de material didáctico muy valioso.

Siguiendo la filosofía “unplugged ” (desconectado) podremos descargar las instrucciones para confeccionar el emocionómetro.

Tenemos además a “Drilo, el detective de emociones ”, un juego que nos permitirá trabajar la interpretación de las emociones.

Asimismo, la sección de recursos educativos facilita las tarjetas recortables y los Emis para colorear.

Enriqueciendo la experiencia, también disponemos de una  “enciclopedia básica de las emociones ”.

El colorido catálogo describe en 25 páginas un abanico de emociones.

Sorpresa, vergüenza o enojo, fueron sabiamente bosquejadas en los gestos de tiernísimos ositos.

Las posibilidades del recurso son prácticamente infinitas.

De hecho, su aplicación favorece la integración cruzada de áreas complementarias como plástica y expresión corporal.

 

El poder de la ingenuidad.

Las imágenes que acompañan a los textos infantiles encierran en sí mismas una declaración de principios.

Frecuentemente, encuentran su mayor exponente en la estética “naíf ”.

Los trazos sencillos y la cálida bienvenida de los colores pastel, encierran una manera de comunicar ideas.

Es un lenguaje implícitamente subjetivo y constituye un método probadamente eficaz para transmitir un mensaje.

Esta impronta es especialmente necesaria en edades tempranas, etapas durante las cuales se hace difícil transferir nociones profundas como la empatía o el concepto del bien y del mal.

Cuando el arte y la literatura estrechan sus manos, ocurre un acontecimiento que supera la mera transmisión del mensaje.

Asistimos a un suceso aún más trascendente: la formación en valores.

 

Bajo este enfoque, una talentosa Mónica Carretero ilustra las páginas del emocionómetro.

Sus paisajes alternan con texturas delicadas, casitas de tejas y cielos azul celeste.

El escenario resultante invita a la lectura, cautivando la imaginación en niños y adultos.

 

Aprendiendo a convivir.

Mucho se ha escrito acerca de la inteligencia emocional. Tanto más acerca de la resiliencia.

Los expertos en las neurociencias exaltan los beneficios de mirar hacia adentro y nos impulsan a indagar en nuestras potencialidades.

Pero no todo lo que brilla es oro.            A veces, el exceso de autoconfianza deriva en actitudes narcisistas.

Aquella promesa de la “nueva era ” se contrapone con el crecimiento exponencial del bullying.

Esta dialéctica vanguardista caracterizada por la meditación introspectiva, suele apartarnos de nuestra responsabilidad conjunta, como miembros de una sociedad.

Los Emis, el inspector Drilo y su novedoso emocionómetro, generan situaciones de aprendizaje participativo.

Y desde el aula, podemos aprovecharlas.

Ha llegado el momento de animarnos a reflexionar, mirándonos a los ojos.

Acaso sea una buena oportunidad para escucharnos, haciendo a un lado las diferencias.

El desafío está planteado.

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